Publicado en Opinión

La importancia de los escenarios

Hoy quiero hablar de Mi Mal de Amores Eres Tú desde otro punto de vista. No voy a contaros los entresijos del amor entre los protagonistas, ni de su relación, ni de los secundarios… Bueno, quizás de un secundario muy especial. Uno que no vi hasta que no termine de escribir la novela. Uno que está antes y después del viaje en el tiempo.

Si me acompañas lo conocerás.

Sleepy Hollow, ese es mi secundario más especial. Sí, sé qué estáis pensando: ¿Sleepy Hollow? ¿Ese no es el escenario? Efectivamente, es el escenario y de lo que os voy a hablar.

La nación, el país, el pueblo, da igual lo que estemos relatando, da igual que sea romántica, thriller, suspense, terror… es lo mismo, todas y cada una de las novelas que tenéis entre vuestras manos tienen un denominador común: el escenario. Es el factor imprescindible, porque en ellos nuestros personajes se mueven, caminan, corren, ríen, lloran, protestan, sobre todo, viven. 

Hay zonas geográficas que se repiten, una de ellas es Escocia. Soy muy, muy fan de la saga Forstera de Diana Gabaldón. Me he leído sus libros, todos los publicados en español (sí, los idiomas son mi asignatura pendiente). Soy muy fan de la serie de televisión Outlander, basada en los libros de la autora, por supuesto super-mega fan de Sam Heughan. Vamos chicas, ¿quién no se ha imaginado cabalgar a lomo de un corcel negro en brazos de Jamie Fraser? Pues ese mismo poder, ejerce sobre nosotras Escocia.

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Protagonista callada de múltiples novelas de autoras extranjeras, como nacionales, entre ellas cabe destacar a Caroline March o Megan Maxwell. En ellas, el lector se encuentra con ese ambiente/escenario que todo lo ve, lo escucha, y se mantiene impasible ante los envites que la vida, también el destino, les da a los protagonista, como de la Historia, la real, a la que ese país se enfrentó. Todas las autoras, cada una con su extraordinaria pluma, nos permiten ver esos paisajes agrestes, de inmensas montañas, prados y campos; esos cielos plomizos que amenazan lluvia; la fuerza con la que fluyen ríos o arroyos. El país de las leyendas, de las creencias ancestrales, se abre ante nosotros con sus variopintos paisajes en cada uno de los capítulos.

A Cecilia y Tom les pasa lo mismo con su pueblo. No se trata de la bella Escocia, claro, pero el lugar escogido tiene la misma magia.

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Sleepy Hollow, cuyo nombre original era North Tarrytown, es una pequeña villa a unos 50km de Manhattan. En esa villa se resguardó un joven Washington Irving, cuando sus padres lo enviaron a vivir una temporada con un amigo para salvarlo de los brotes de fiebre amarilla. El muchacho, que posteriormente pasaría a la historia de la Literatura Universal, se quedó fascinado. Hoy en día se puede visitar su casa, Sunnyside; también su sepultura. Sin embargo, Irving le daría su verdadera importancia gracias a su pequeño relato La Leyenda de Sleepy Hollow, también conocida como La Leyenda del Jinete sin Cabeza.

Todos estos detalles, además de su cercanía con el valle del río Hudson, fueron los que me motivaron a utilizar este fascinante lugar como escenario. Resultó ser, simplemente perfecto. Un lugar con importancia, con un personaje histórico tan conocido, mi escritor favorito, y con la leyenda fantástica más famosa a nivel intencional, fue el ingrediente perfecto para mi novela, también de corte fantástico.

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Su bosque, sus puentes, todos relacionados de algún modo con el autor o la leyenda, son imprescindibles para darle ese toque de veracidad que toda novela necesita. Además, la relación tan estrecha que hay entre Cecilia y la Naturaleza me permitió recrearme y convertirlo en un personaje que habla a través de sus colores, de sus heladas, de sus nieblas, de sus vientos, incluso veréis sonreír al río Hudson; sentiréis la frescura del río Pocantico, afluente del Hudson.

Sleepy Hollow, sobre todo su bosque, será ese punto familiar que Tom y Cecilia tengan cuando viajan en el tiempo. Un lugar que, aunque distinto, es testigo de su amor, de sus descubrimientos, que esconde secretos, tiene sus propias leyendas, evidentemente en todo ello me tomé ciertas licencias como autora. Si leéis la Nota de la Autora, dejo claro que la casa de los Crane y las Wells no exiten, incluidos algunos aspectos del Sleepy Hollow de 1792. Cada uno de ellos necesarios para la historia que creé.

Soltado todo este discurso, no quiero dejar pasar la oportunidad para que mis compañeras os den su opinión sobre los escenarios:

MARION S LEE: Yo voy a ser un poquito más general y teórica de lo que ha sido Emma, y voy a hablaros de la importancia que tiene el escenario dentro de la construcción de una novela, que es algo en lo que yo intento ser muy cuidadosa a la hora de plantear una historia.

El escenario hace que la historia sea verosímil, pues la encuadrar en un espacio y un tiempo, así como determina el ambiente emocional y anímico en que se van a mover nuestros protagonistas. Convengamos que no es lo mismo, por ejemplo, escribir una novela durante el Oktoberfest que hacerlo durante una época de guerra.

Una cosa importante que los escritores debemos tener en cuenta es enclavar al lector en el escenario cuanto antes, que el lector sepa dónde transcurre la historia a la que se está enfrentando. Y no solo la historia, sino cada escena. Es muy importante mantener al lector orientado. Y cuanto antes se haga, mejor. Pues no hay mayor enemigo que tener que un lector tenga que releer un párrafo dos páginas atrás, porque él pensaba que estaba en un lugar, cuando en realidad estaba en otro. Lamentablemente, eso tiene todas la papeletas para sacar al lector del escrito, y un lector desubicado es un lector al que, casi casi, hemos perdido.

Los elementos más importantes que hay que señalar y dejar muy claros para sepa en donde tiene los pies son, sobre todo, el lugar, el tiempo y el entorno.
Definir el lugar es fácil: es dónde se desarrolla la acción de nuestra novela y hay que hacerlo de manera realista, estudiando la historia si es preciso.

El tiempo es cuándo se desarrolla la acción, pero hay que diferenciar dos tiempos distintos: uno es el tiempo interno, que vendría a ser la duración de la novela, y otro sería el externo, que podemos asimilar con la época histórica en la que la enclavamos.
Describiendo el entorno no solo decimos “estamos en Madrid”, no. Es saber describir cómo es el clima en octubre, si nuestra novela está ambientada en otoño, o qué tipo de vegetación se va a encontrar nuestro protagonista si decide ir a dar una vuelta por Navacerrada. Todo esto hace verosímil una novela.

Para que un escenario sea creíble, un escritor debe de ser cuidadoso con la cronología y para eso ayuda llevar una guía temporal, en la que nos apoyemos y a la que le seamos fieles si no queremos ser incoherentes con nuestra propia historia.

Yo soy amante de pararme en los detalles, de describir el escenario a conciencia, para que el lector casi pueda “verlos” como si de una película se tratara, pero de una manera inteligente, sabiendo qué se está mostrando, siendo concreto y dando detalles significativos con los que le lleve a emocionarse. Además, la descripción de un buen escenario hay que echar manos a intentar despertar los “cinco sentidos”: hay que intentar que el lector huela, oiga, toque y deguste, además de ver, todo lo que está a su alrededor. Y cuanto mejor se haga, más integrado ese lector en la novela y se quedará en ella.

MARIA: Cuando alguien menciona los espacios, la mayoría de nosotros tendemos a pensar en primer lugar, en espacios físicos. Estos pueden parecer, a simple vista, los más fáciles de describir frente a otros como el espacio social o el espacio psíquico, que se presentan cómo mucho más complejos. No obstante para los autores no siempre es tan fácil colocar a un personaje en un sitio concreto. Cuando eso sucede, se limitan a describirlo de forma somera, como un acompañante que se precisa pero que no es indispensable. Con eso no quiero decir que sean mejores o peores. Podemos encontrar paisajes no muy delimitados frente a pensamientos y creencias (esos vendrían a ser espacios psicológicos) mucho más detallados. Todo esto influirá en la forma final de la novela.

Conozco a lectores que les encantan las descripciones larguísimas sobre praderas, montañas, ciudades o ríos y otros que, sin embargo, prefieren que el protagonista les cuente con detalle lo que siente a cada instante. Y tú ¿Qué prefieres?

ISABEL JENNER: Es de sobra conocida la metáfora que compara leer con emprender un viaje.

Cuando paseamos nuestra mirada por estanterías (físicas o virtuales) repletas de libros, no hacemos más que elegir un destino al que partir. En el momento en que giramos la cubierta para leer la sinopsis, preparamos las maletas para embarcarnos en un recorrido que tendrá más o menos impacto en nuestras vidas. Y, por fin, al pasar las hojas nos ponemos en manos de personajes y escenarios que se encargarán de transportarnos y guiarnos justo allí donde queríamos ir. Tal y como habíamos planeado. ¿O no?

Dice una frase de Martin Buber que “todos los viajes tienen destinos secretos sobre los que el viajero nada sabe”. ¿No os parece maravilloso encontrar algo nuevo en cada lugar, en cada escenario que recorremos entre litros de tinta? Trazar casi con los dedos la geografía de países exóticos en los que nunca antes habíamos estado (y que me resultan tan atractivos), aprender las costumbres de Inglaterra doscientos años atrás, o descubrir los enigmas de salas a las que solo unos pocos privilegiados tienen acceso al asomarnos entre las páginas de una novela. Pero me refiero, también, a una ciudad que creíamos conocer como la palma de la mano, pero que nos sorprende con un local o un monumento de los que no habíamos oído hablar jamás, a un simple cruce de calles, donde, de pronto, dos personajes intercambian miradas cargadas de intensidad, una caricia, un beso… que hacen que ese cruce, antes invisible, sea ya inolvidable. O, por ejemplo, a una habitación que creíamos haber visitado antes, pero que puede cambiar por completo porque la luz que se filtra por la ventana crea un juego de luces y sombras lleno de misterio que nos hace verla como si fuera la primera vez.

Bosques, ruinas, grandes metrópolis, mansiones encantadas, bloques de oficinas o apartamentos que recuerdan a unas vacaciones junto a la playa. Estoy dispuesta a perderme en todos ellos, a empaparme de su atmósfera, a sentirlos con los cinco sentidos a través los personajes o de la propia fuerza que transmiten, como si fuera una más caminando entre sus cientos de detalles.

En los escenarios, desconocidos o familiares y siempre únicos a la vez, existe la magia la literatura.

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