Publicado en Inédito

Capítulos inéditos: Maldito veintiuno de marzo.

Alicia y Pablo iban en el coche en silencio.

«—Debería haberme callado —pensó él— Ahora tendré que dormir en el sofá ¡El broche de oro para otro maldito veintiuno de marzo!»

—¡Eh!…Esto…—Se sentía nervioso sin saber muy bien el porqué. Desde hacía años dominaba el arte de las conversaciones banales, en esos momentos sin embargo, no se le ocurría ningún tema que pudieran tratar él y esa desconocida Alicia sentada a su lado.

Giró la vista hacia ella, parecía nohaber oído sustorpes balbuceos, estaba mirando por la ventanilla sin darse cuenta de la incomodidad que le causaba. Se volvió justo entonces, como si hubiera sentido su mirada puesta en ella. Ambos sonrieron sin decir nada. Él volvió a fijar la vista en la carretera.

Alicia aprovechó que Pablo conducía para mirarlo detenidamente. Estaba tan guapo como lo recordaba, o quizás más, los años le habían sentado bien ¿Cuántas veces se había imaginado que iban juntos en un coche riendo y charlando? Miles, quizás millones, y ahí estaban, pero la conversación y las risas brillaban por su ausencia. Se estrujó el cerebro pensando en algo que poder decir.

Él volvió a mirarla.

—¡Bueno! —dijeron ambos al unísono, echándose a reír al darse cuenta.

«¿Pero qué puedo decir?» pensó Pablo. «Piensa algo gracioso, piensa algo gracioso» se dijo Alicia.

—No vienes a menudo a ver a tus padres, ¿verdad? —dijo él al fin.

—¡Bfff! —resopló ella—, si se lo preguntas a mi madre, te dirá que soy una desapegada que no quiere a su familia.

Él se rió por el tono que había usado. Volvió a mirarla, pero ella estaba de nuevo contemplando la carretera. La observó durante unos segundos. Esa mujer que estaba sentada a su lado ya no era la cría que él recordaba. Su vista se dirigió sin remedio a sus pechos. Eran grandes. Sintió un pinchazo en la parte baja del abdomen y se recriminó de inmediato por ello ¿En qué demonios estaba pensando? Era la hermana pequeña de Sara. Le estaba echando un cable, nada más, se reprendió, «Todo estará bien si evitas pensar en sus pechos». No bien se dijo esto, sus ojos, traicioneros, se posaron justo en esa parte de la anatomía de ella. Alicia eligió ese preciso instante para mirarlo. Se irguió ante el volante intentando disimular su turbación.

—¿Sabes de qué me acuerdo muchas veces? —dijo Pablo de repente, sentía un extraño entusiasmo que le estrujaba con suavidad el estómago al compartir ese recuerdo con Lucía.

—¿De qué? —Preguntó ella algo sobresaltada.

—De la función de fin de curso, no sé qué año sería… —contestó él, dejo la frase en el aire concentrado en recordar la fecha.

—¡No, por Dios! —Exclamó ella en tono lastimero— Por favor, no lo hagas. No puedo pensar en eso sin morirme de vergüenza.

Él se echó a reír y a ella se le puso la carne de gallina. «Ahora sí que es como me imaginé», pensó.

—¡Si estabas monísima! Con aquel disfraz de Bella Durmiente que te había cosido tu madre —se mofó él.

Ella le dio un golpe en el brazo.

—¡Qué ni pienses en eso, te digo! —exclamó, pero se estaba riendo.

Pablo volvió a prorrumpir en carcajadas.

—Cuando ensayabas tenías tan claro que si… ¿Cómo se llamaba?

—Arturo —rezongó ella.

—¡Ah, sí! Que si Arturo te besaba, le ibas a dar una buena torta.

—¡Y lo hice! —recalcó ella.

—¡Vaya si lo hiciste! Le dejaste sentado del bofetón y sin poder creérselo —Pablo casi no podía hablar de la risa que le había entrado. Ya habían llegado a su casa y paró el coche.

—Se lo advertí en los ensayos, ¡Teníamos nueve años, jolín!—Ella también había empezado a reír a mandíbula batiente—. Yo por aquel tiempo pensaba que los chicos daban asco, que lo de ser lesbiana como mi hermana era el mejor invento del mundo.

Siguieron riéndose durante un rato, hasta que la risa se convirtió en jadeos entrecortados.

—¡Ah! —Suspiraron los dos a la vez, después de liberar la tensión acumulada con todos los acontecimientos de la noche.

Se miraron a los ojos con intensidad. Alicia sintió como el estómago le subía hasta la garganta. No podía desprenderse de los ojos de Pablo.

Él sintió una leve punzada en el pecho que le hizo entreabrir los labios para inspirar con fuerza.

—Será mejor que subamos si queremos dormir algunas horas —dijo sin poder dejar de mirarla.

—Yo… yo no quiero molestar, ya te lo he dicho —Contestó ella.

—Si me molestases, no te hubiese invitado a venir, ¡Venga, baja! —dijo saliendo del coche. Corrió para dar la vuelta, abrir  la puerta del copiloto y darle la mano para ayudarla a bajar.

Todas las mariposas de Salamanca empezaron a revolotear al mismo tiempo en el estómago de Lucía.

Al fin y al cabo, quizás no fuera tan mala idea quedarse en el piso de Pablo a pasar lo que quedaba de noche, pensó.

 

 

 

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