Publicado en Relato

“Mecha corta” por Isabel Jenner

En términos generales, la capacidad de aguante de una persona antes de explotar como una de esas bombas negras de dibujos animados que todos llevamos dentro se mide por la longitud de la mecha de dicho artefacto, la cual varía dependiendo de cada sujeto. En el caso de una persona equilibrada (como yo) la mecha suele medir veinte centímetros.

Hoy, no obstante, condiciones mentales adversas y un estado físico lamentable (lo que todos conocemos como un mal día) provocan que, cuando suene el despertador para ir a trabajar, mi mecha de aguante se acerque a los peligrosos diez centímetros sin haber abierto siquiera los ojos. Levantarme con la mecha tan corta es una señal aciaga de lo que me puede deparar el día.

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Por suerte, logro superar el desayuno sin incidencias. No he derramado la leche, no he quemado las tostadas ni he pisado al perro. Mi mecha y yo salimos intactas de casa y nos dirigimos al metro. Bajo trotando las escaleras para ganar segundos al paso tranquilo que llevaba y, mientras desenfundo mi tarjeta cual pistolera del Lejano Oeste para pasar rápido por los tornos, leo en las pantallas que mi tren llegará en un minuto. El trote se convierte en una auténtica carrera nivel experto para alcanzar ese tren al que ya oigo llegar, cueste lo que cueste. Doy un último salto dramático por otro tramo de escaleras y me introduzco como un meteorito por las puertas abiertas. «¡Ja! Lo he cogido». Ese pensamiento eufórico hace que mi mecha aumente dos centímetros mientras boqueo como un pez para recuperar el aliento tras mi entrada triunfal. Pero claro, el éxtasis no puede ser duradero. Vuelvo a la realidad con un violento codazo en los costillares y me doy cuenta de que un numeroso grupo de atletas de élite como yo también ha corrido para no perder el tren y ahora se están abriendo paso entre la gente a empujón limpio. Me repliego hacia el fondo del vagón con el pánico a no saber cómo podré bajar luego reflejado en mi rostro y, lo que es peor, sin ningún asidero al que poder sujetarme cuando el conductor pise a fondo. Una vez que el vagón está completamente macizado con cuerpos embutidos a presión y extremidades retorcidas, suena el silbato que marca el comienzo de la verdadera batalla por la supervivencia. Tras un último aplastamiento general para que se cierren las puertas sin pillar a nadie por el camino, se oye un coro de suspiros resignados al que se une el mío y alguien me tose en plena cara, agitándome el pelo. Estoy convencida de que no se ha tapado la boca porque tiene las manos atrapadas por la multitud… A veces me gusta ser crédula para no caer en la tentación del asesinato. Aun así, mi mecha acaba de perder esos centímetros eufóricos mientras contemplo con envidia a los viajeros que se han quedado en el andén esperando al próximo tren (que seguramente llegará más vacío). Es entonces cuando noto por mi flanco derecho a otra persona que no deja de recostarse en mí para mantener el equilibrio. En un reflejo instintivo de auto conservación yo también me recuesto en ella. Nunca, jamás hay que retroceder y perder posiciones. Si lo haces, estás perdido. El traqueteo del vagón se convierte en algo personal entre ese individuo y tú. Una batalla silenciosa en la que codazos sutiles, arremetidas con el hombro y miradas de reojo se suceden sin interrupción durante varias estaciones.

Mi parada está cerca y ya me creo vencedora de ese duelo de voluntades cuando siento que una tercera persona a mi espalda usa mi cogote como atril para apoyar su libro en una posición que le debe resultar comodísima. Ha sido un vil ataque por la retaguardia aprovechándose de mi estatura. Es en ese mismo instante cuando siento el impulso de lanzar una cerilla encendida sobre mi hombro en un suelo previamente rociado con gasolina antes de bajar al andén. Me abro paso como puedo hasta la salida (a mordiscos no, porque la gente lleva ropa de abrigo) e intento respirar un poco de aire. Se han perdido tres centímetros más de mi mecha por el camino, sin posibilidad de retorno, y me acerco al trabajo con sólo siete cortísimos centímetros. Cuando entro a la oficina soy un arma andante, creo que si alguien me olfatea de cerca puede percibir la fragancia a peligro.

Lo cierto es que podría trabajar en una plataforma petrolífera en medio del océano, en un laboratorio científico bajo el hielo de la Antártida o dirigir operaciones desde un búnker militar completamente hermético. Pero no es así. Trabajo cara al público, rodeada de humanidad por los cuatro costados. Mareas y mareas de gente que pregunta, protesta, divaga, ofende y, en general, recorta mi mecha de aguante con una velocidad pasmosa. Además, no podía faltar esa compañera a la que he imaginado en muy diversas situaciones, ninguna de ellas agradable, y que pone especial ahínco en intentar pincharme hasta hacerme estallar por los aires como un globo de helio. A continuación paso a enumerar algunas de sus entrañables ocurrencias y mi respuesta mental:

Acción 1. Revolver entre mis papeles y/o abrir documentos privados.

Reacción. Realizar pequeños cortes en extremidades superiores e inferiores con dichos documentos y piquete de ojos para que no vuelva a mirar donde no le incumbe.

Acción 2. Pedir o directamente sustraer sin mi permiso mi desayuno, consistente en galletitas o similar. (Esta acción me parece especialmente cruel.)

Reacción. Comprar galletas caninas e introducirlas una a una por su garganta hasta que su cara adquiera un saludable color berenjena.

Acción 3. Hacer comentarios en voz alta de carácter ofensivo o acusatorio delante del jefe y/o compañeros sobre mi supuesto bajo rendimiento laboral.

Reacción. Afilar un lápiz hasta que su punta parezca la de una flecha y clavárselo concienzudamente en el ojo como si fuera un sable láser.

Dichas escenas pasan ante mis ojos como si de diapositivas se tratasen, enviando una descarga de placer que calma mi furia exterminadora.

Al llegar a mi puesto, lo primero que se me pasa por la cabeza es que, pese a la escasa longitud de mi mecha, hoy no parece ser un día muy diferente a los demás. Sólo tengo que consultar el extracto del banco para comprobar que siempre puede ir a peor. Mi compañía telefónica ha hecho un cargo de ciento cincuenta euros en la factura de este mes. Que yo recuerde, no he hecho ninguna llamada a Sebastopol, así que salgo volando de la silla para ir a un lugar apartado en el que pueda enterarme de lo que ha pasado y amenazarles con interponer una demanda empleando una voz intimidatoria sin miedo a ser escuchada. Marco un número que me transfiere a otro número que, a su vez, me transfiere a otro número. La mecha de aguante está tan baja que ya puedo oler la pólvora. Ocho robots, cinco operadoras y dos gestores más tarde admito que todo es inútil. La conversación, en resumen, sería algo así: «En efecto, le hemos cobrado por error la reparación de un móvil que no tiene nada que ver con el suyo y le devolveremos el dinero cuando creamos oportuno. Aquí tiene el número de su incidencia, que no le servirá de nada, y aquí el número de su reclamación, que será debidamente ignorada por todo el equipo. ¡Ah! y será mejor que no nos llame más, o tendrá que volver a explicar todo el asunto a ocho robots, cinco operadoras y dos gestores porque nos habremos olvidado de usted. Para terminar, esperamos que realice la encuesta de satisfacción al finalizar la llamada para valorar nuestra atención».

Me quedo mirando el teléfono con cara de boniato e imagino que la persona al otro lado de la línea me está guiñando un ojo cómplice, pero atino a pulsar el botón rojo. «¡Ja! ¡Tomad ésa, chupópteros! Os habéis quedado sin encuesta».

Vuelvo a mi sitio quince minutos después, hecha un basilisco, con más fuego en mi interior que una antorcha humana y con un centímetro diminuto y frágil de mecha para escuchar a mi compañera decir en voz alta y clara:

—Hay quien se pierde por ahí y no hace su trabajo. Con lo liada que estoy yo… lo digo en general.

Es entonces, justo entonces, al ver su sonrisita socarrona, cuando siento el calor abrasador de las llamas devorando el último centímetro de mecha y la bomba negra estalla en mi interior con una detonación tan fuerte que mi visión se vuelve roja, la sangre se me agolpa en la cabeza hinchando venas palpitantes a su paso y se me dilatan las fosas nasales hasta parecer dos agujeros negros del macrocosmos. Cierro los puños y me imagino a mí misma acercándome hasta su asiento, agarrándola por los pelos y gritando:

—¡¿En general?!, ¡¡¿en general?!!, sé que iba por mí, zorra. Al menos dímelo a la cara.

Entonces la abofeteo una y otra vez hasta ponerle los carrillos como dos coliflores mientras mi risa de demente retumba en las paredes de la oficina.

Intento controlar mi imaginación desbocada inspirando hondo varias veces para no dar pistas sobre lo cerca que estoy de perder los nervios y repartir justicia. Lo malo es que cuando me giro y veo a mis compañeros mirándome con los ojos como platos me doy cuenta de que esta vez no ha sido una grata alucinación de mi mente, sino que me he convertido en Michael Douglas en Un día de furia; además me arden las palmas de las manos por las tortas que he repartido a mi «amiga». En medio de un silencio absoluto me encojo de hombros y sacudo la cabeza, un tanto aturdida. ¿De verdad podéis culparme?… He salido de casa con la mecha muy corta.

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Isabel

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