Publicado en Relato

“Tierra adentro” por Marion S. Lee

Después de cinco horas tras el volante, Samantha detuvo el coche junto a la acera.  Estaba cansada. Sentía los brazos agarrotados, el cuello rígido y los ojos secos de tanto tenerlos enfocados en la carretera. Antes de apagar el motor, bajó la ventanilla y giró la cabeza hacia el exterior para sentir en el rostro el aire limpio y fresco. La primavera había llegado a Virginia Occidental, y el olor de las flores de los rododendros así lo anunciaba. Estaba bien respirar algo de aire puro después de tantas horas encerrada dentro de aquel vehículo.

Hacía bastante tiempo, cuando apenas había ganado sus primeros sueldos tras alistarse en el cuerpo de marines de los Estados Unidos, Samantha se había comprado una pequeña casa en Parkersburg, una ciudad al noroeste del estado, casi inapreciable en el mapa. Tal vez, el término ciudad le venía demasiado grande, pero era todo lo que necesitaba en ocasiones, en esas en las que quería perderse del mundo. Estaba bastante alejada del mar, y de vez en cuando le apetecía dejar bien lejos las cubiertas de los barcos y desplazarse por tierra firme. Además, allí sería muy difícil que nadie de su entorno laboral la encontrara, con tanta distancia de la costa de por medio. Tener un sitio a donde ir, sin que nadie más lo supiera, un sitio donde poner en claro sus ideas y descansar era algo prioritario para ella. Nadie más, exceptuando a aquellas pocas personas en las que confiaba plenamente sabían de la existencia de aquella casa.

Parkersburg estaba tal y como lo recordaba. La última vez que lo había visitado había sido casi seis meses atrás. Las calles, con poco tráfico, lucían igual que entonces. Las fachadas de algunos edificios habían sido remozadas con una mano de pintura hacía poco tiempo. Las marquesinas de la parada de autobús hacia la capital mostraban los mismos anuncios de una conocida tienda de muebles que cuando las vio por última vez. Miró la señal de tráfico que había en la acera y sonrió. Recordaba aquel adhesivo de una marca de bebidas pegado en el poste y que seguía en el mismo lugar. En Parkersburg parecía que el tiempo había encontrado un sitio para quedarse.

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Giró la cabeza hacia la acera opuesta. Todos los miércoles, como aquel día, los comerciantes locales y algunos otros llegados desde ciudades más cercanas, instalaban allí un mercadillo. Mercancías del lugar, sobre todo verduras y hortalizas, de vivos y atractivos colores y aromas. También había algún que otro vendedor de productos de elaboración ecológica y artesanos con artículos hechos a mano. La última vez que había estado en Parkersburg no había tantos como ese día. Los tenderetes, cada uno fabricado con lonas de diferentes tonos de azul, estaban colocados formando una fila, ocupando una buena extensión de la acera. Los vecinos iban y venían de un puesto al siguiente, llenando sus cestas de la compra. Sólo algunas personas permanecían en uno determinado, enfrascados en lo que éstos exponían. Los ojos de Samantha viajaron por todos ellos hasta que se detuvo en una figura masculina. Lo reconoció tan pronto posó su mirada sobre él, aún estado de perfil, con su atención puesta en algo que le estaba pidiendo al dependiente. Una sonrisa afloró en los labios de Samantha casi sin pensarlo.

Jim vestía como solía hacerlo cuando no estaba en el barco: llevaba unas zapatillas deportivas blancas y unos pantalones claros con muchos bolsillos. La camiseta de manga corta negra, del mismo color que la mochila que tenía en la espalda, dejaba ver sus brazos, bronceados por el sol. Cubría su cabeza con una gorra gris de los San Francisco 49ers. Aunque no podía ver el logotipo de la parte frontal, estaba absolutamente segura de que era esa y no otra, porque ella misma se la había regalado en la final de la NFC de 2012.

Inconscientemente tomó aire y sus manos se cerraron sobre el volante. Hacía meses que no lo veía. Se habían mantenido en contacto por correo electrónico y por teléfono, con la regularidad que le permitían sus respectivos trabajos. Había ocasiones en que las localizaciones se convertían en una cuestión de alto secreto y las comunicaciones se interrumpían durante un tiempo. Como había pasado aquellas últimas semanas. Encontrarse en Parkersburg era lo acordado en cuanto ambos tenían licencia. Era su lugar de encuentro, el sitio en donde eran simplemente Sam y Jimmy, y no la teniente de navío Gift ni el capitán Gardner.

Samantha abrió la puerta del coche sin retirar sus ojos de la figura de Jim. Cerró tras de sí con un pequeño portazo y cruzó la calle. Se paró a su espalda, con las manos apretadas en puños, el corazón latiéndole en el pecho más rápido de lo que era razonable y mordisqueándose el labio inferior como una colegiala ante el chico que le gusta. Se sentía como una idiota.

El tenderete donde Jim estaba detenido exhibía un sinfín de collares, pulseras y colgantes. Tenía abalorios de multitud de colores colgados de alambres y otros artículos que no acertaba a saber qué demonios eran. Jim observaba una pulsera, un aro ancho de acero trenzado, abierto por sus extremos. Ella dio un paso más y se colocó a su lado, con su brazo rozando tímidamente el de él.

—¿Es para alguien especial? —le dijo de manera casual, en voz baja, para que nadie más pudiera oírla. Jim levantó la mirada y sonrió, aunque sin volver los ojos hacia ella.

—Puede ser.

Samantha no pudo evitar sonreír. Miró su perfil. Tenía la barba algo más crecida en el mentón y el poco cabello que podía atisbar por debajo de la gorra, lo llevaba más largo.

—¿Cuándo has llegado? —preguntó Samantha sin alzar la cabeza, aparentando su interés por la banda de acero.

—Ayer por la tarde.

Ella asintió con un escueto gesto. Sus ojos recalaron en el dependiente del puesto de artesanía, completamente absorto en lo que tuviese entre manos. Era un sexagenario de pelo blanco, poblado bigote y pulso firme, y estaba sentado tras un banco de trabajo, que estaba ubicado al fondo del tenderete, con un torno de joyero delante de sí. Desde la distancia que los separaba, algo más de cuatro o cinco metros, Samantha creyó atisbar algo prendido en el torno, una pieza de metal, en la que parecía estar troquelando algo con un pequeño punzón mecánico. Dejó de prestarle atención al artesano cuando notó la mirada de Jim en ella. Giró despacio la cabeza hacia él, alzando levemente los ojos. Los de su compañero estaban clavados en ella. La miraba como si quisiera hablarle con ellos, sin necesidad de usar las palabras. La mandíbula en tensión, los hombros rígidos y la pulsera apretada con fuerza entre sus dedos se lo confirmaban. Samantha obligó a sus brazos a mantenerse pegados a su propio cuerpo, con las manos convertidas en puños, clavándose en la palma las uñas. Se contuvo para no arrojarse entre sus brazos y abrazarlo con ímpetu. No era el momento ni el lugar. Porque no se contentaría con un simple abrazo, y ninguno de los dos era dado a hacer manifestaciones de afecto en público. En privado ya era otra cuestión.

Se mantuvieron así algunos instantes hasta que Samantha tomó de su mano la pulsera con delicadeza, fingiendo estar interesada en ella también, cuando la realidad era que ansiaba rozar sus dedos, aunque fuera sólo una milésima de segundo. Él relajó el agarre con una tenue sonrisa dibujada en su rostro.

—¿Qué le ha pasado a tu pelo? —preguntó Jim, tomando el extremo de un mechón entre sus dedos. Sólo era su pelo, pensó Samantha, pero todo su cuerpo se estremeció como si, en realidad, la hubiese acariciado.

—Me lo he cortado. El jefe de peluquería estaba creativo y me ha hecho esto —le contestó, casi sin pensar en ello.

Jim entrecerró los párpados, pensativo, paseando su mirada por todo su rostro, como si la estuviese evaluando.

—Pues deberías encerrarlo en un calabozo y acusarlo de alta traición.

La ceja de Samantha se alzó hasta la raíz de su pelo cobrizo de manera casi automática. Dejó la pulsera sobre la superficie donde se encontraban todas las demás, despacio. Con la misma lentitud, las manos viajaron hasta sus caderas, inclinándose un poco hacia adelante. Jim dio un paso atrás instintivamente. Sabía que aquella frase era una muestra más del sentido del humor que su compañero enarbolaba cuando estaban a solas. Lo conocía demasiado bien como para molestarse por eso. De hecho, lo había echado de menos. A él y a su humor.

—¿En serio, capitán Gardner? —contestó, fingiendo un enfado que no sentía. Lo señaló, apuntando con un dedo en el centro de su pecho, admonitoria—. ¿Qué hay de “me alegra verte, Sam”? O, mejor aún: “Te he echado de menos, Sam”

Si lo había dicho verdaderamente en serio, el cambio que se produjo en la expresión de Jim le dejó muy claro que estaba arrepentido de sus palabras.

—Es cierto. Lo siento — replicó en voz baja, acercándose de nuevo a ella tanto como pudo. Despacio, llevó su mano hasta su mejilla y la acarició con suavidad—. Y te he echado de menos.

Por unos momentos, Samantha cerró los ojos, centrándose sólo en aquella ligera caricia. Habían sido muchos meses alejados, ella enrolada en el USS Reagan y él… en realidad no sabía dónde había estado él todo aquel tiempo, ya que el cuerpo de marines mantenía silencio sobre sus misiones en la mayoría de las ocasiones. Se recreó en el ligero contacto de su mano sobre la piel de su rostro, con el eco de sus palabras en los oídos. Samantha abrió los ojos.

—¿Vamos a quedarnos mucho tiempo aquí, delante de este puesto? —preguntó, con el mismo tono bajo e íntimo que Jim había usado unos segundos antes. Él, sin dejar de mirarla, señaló con un gesto de cabeza hacia donde se encontraba el vendedor, aún enfrascado en su trabajo.

—Sólo unos minutos. El tiempo que tarde en acabar algo que he comprado.

El pequeño banco en el que trabajaba el artesano chirrió en aquel preciso momento. Ambos volvieron la mirada hacia él al unísono, observando al hombre en silencio.

—¿Alguien me ha echado de menos en ese barco? —quiso saber Jim, inclinándose un poco hacia ella.

Rehusó mirarlo y que viera en su rostro la sonrisa que estaba aflorando. Era una pregunta a la que él ya tenía la respuesta. Aun así, él esperaba oírlo de sus labios. Porque era cierto, sólo por eso. Después de todo, pensó, había cosas que merecían ser dichas.

—Yo. ¿Te vale?

La sonrisa que apenas había vislumbrado en el rostro de Jim se hizo más amplia.

—Me vale —le respondió él en voz baja, que le acarició el oído. Sin darle tiempo a añadir nada más, Jim preguntó—: ¿Qué tal le va a Huffman?

Samantha se hizo un mohín con los labios al recordar a su viejo jefe.

—Intentando sobrellevar cómo puede el hecho de que solo le queda un viaje a bordo del Reagan.

—¿No quiere pasar a la reserva? —preguntó Jim.

—Dice que es un marine, y que los marines preferimos morirnos antes de que nos jubilen —le contestó ella.

Jim chasqueó la lengua.

—No lo jubilan.

—Díselo a él. Parece como si lo fueran a exiliar a Anchorage.

Por el rabillo del ojo vio a Jim sonreír y encogerse de hombros.

—Si me fueran a pasar a la reserva a mí, me alegraría mucho. Así podría estar más tiempo con la gente que quiero.

Sintió la cálida mirada de él recaer sobre ella, y Samantha no pudo evitar que el pulso se le disparara una vez más.

—A lo mejor es que no quiere estar con la gente que quiere —intervino ella.

—A lo mejor es que es tonto —añadió él a renglón seguido.

Samantha tuvo que controlar la carcajada que se le formó en el fondo de la garganta. Miró de soslayo a su compañero.

—Y dime, ¿de cuánto tiempo disponemos esta vez?

Lo oyó soltar un bufido de resignación.

—Tengo que incorporarme dentro de una semana —contestó él con evidente descontento.

Sin pretenderlo, y como si hubiese sido accionada por un resorte, Samantha giró la cabeza hacia él.

—¡¿Solo una semana?!

—Al parecer ese barco no se puede mover sin mí.

—¡Vaya tontería! —rezongó ella mientras cruzaba los brazos delante de su pecho—. Todavía te deben vacaciones del año pasado.

Jim asintió con énfasis.

—Y al paso que vamos, me van a deber también las vacaciones de este año.

Samantha iba a contestarle, pero recapacitó antes de que ninguna palabra abandonara sus labios y pensó que qué iba a arreglar con ello. Las órdenes eran las órdenes, y ambos lo sabían. Se debían a una agenda que ellos no controlaban y a la cual debían atenerse. A fin y al cabo era su trabajo. Tomando aire, dejó que los latidos de su corazón se ralentizaran hasta que alcanzaron un ritmo normal.

—Bueno, pues habrá que sacarle partido a esta semana, ¿no crees?

Sintió un sutil roce en su mano, que descansaba a un lado de su cuerpo, junto a su muslo. Una ligerísima caricia que hizo que la piel de su brazo se erizara, junto con todo su cuerpo. Bajó la mirada y los dedos de Jim se cerraron en torno a los de ella. Los apretó con fuerza, y ella le devolvió el gesto, sólo para asegurarse de que estaba allí, con ella. Notaba el calor que ésta emanaba, la rugosidad en la yema de sus dedos. Conocía la sensación de esos mismos dedos deambular por su piel, de arrancarle escalofríos de placer, de llevarla hasta el borde del abismo, para luego sostenerla y abrazarla. Se agarró con más fuerza a su mano.

—¿Vamos a perder el tiempo aquí? —le preguntó, con la impaciencia creciéndole en la boca del estómago.

El vendedor escogió ese preciso momento, antes de que Jim pudiese responderle, para levantarse del banco de trabajo. Limpió con un paño de gamuza aquello en lo que había estado ocupado y sonrió, dirigiéndose a Jim.

—Aquí tiene, amigo. Espero que le guste. Lo cierto es que no mucha gente pide cosas como esta, tan tierra adentro. Un ancla no es algo que se vea mucho por aquí —le dijo, tendiéndole un pequeño trozo de metal.

—Lo supongo —le contestó, recibiéndolo con una amplia sonrisa.

Jim echó mano a su bolsillo izquierdo, sacó de él una larga cadena de fino acero y ensartó en ella lo que el hombre le había dado. Tan pronto lo hubo hecho, se lo colocó al cuello.

La cadena pendía sobre su pecho, y colgada de él, una chapa de metal, larga y estrecha, la misma que solían llevar los militares en el ejército. Samantha la tomó entre sus dedos y observó lo que el artesano había hecho en ella: en el centro, había vaciado el metal y dibujado una pequeña ancla, como si fuera el molde de donde hubiera salido la figura que ella llevaba colgada al cuello, escondida bajo la camiseta, y que había sido regalo de Jim varios años atrás. Estaba segura de que, si confrontaba aquella placa de metal con su colgante, encajarían a la perfección. Samantha alzó el rostro hacia Jim.

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—¿Te gusta? —le preguntó él, con los ojos abiertos y una muda interrogación en la mirada.

Samantha frunció los labios. Acarició el trozo de acero, que se calentó entre sus dedos.

—Te lo diré más tarde. Cuando sea lo único que lleves puesto —susurró, acercándose a él tanto como pudo.

Antes de que Jim pudiese contestar, el carraspeo del hombre llamó su atención. Sonreía abiertamente, mirándolos, primero al uno y luego a la otra, hasta que su mirada volvió a Jim. Le guiñó un ojo, cómplice.

—Siento tener tan buen oído, muchacho. No sé qué haces ahí parado aún. ¿No esperarás a que te lo diga otra vez, verdad? ¡Ay, si me lo dijera mi Dorothy con esa misma mirada!

De no conocer tan bien como conocía a Jim, Samantha habría jurado que su compañero se había sonrojado. Ahogó una risotada que se le formó en la garganta a base de sonreír abiertamente.

—Hazle caso a este buen hombre, Jim. No te lo voy a repetir otra vez —le advirtió, componiendo una mueca con sus labios.

Jim se despidió del hombre con un gesto de la cabeza y se acercó de nuevo a ella.

—No hará falta. ¿Nos vamos, entonces?

Antes de abandonar el puesto de artesanía de la mano exigente de Jim que agarraba la suya, Samantha se giró hacia el hombre. Fue el turno de ella de guiñarle un ojo con complicidad y sonreír.

 

FIN

 

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2 comentarios sobre ““Tierra adentro” por Marion S. Lee

  1. Me encantan estas historias que no llevan un gran contexto explícito y dejan tanto espacio para que el lector rellene… no son sencillas de escribir, pero son una instantánea que nos permite viajar a otro mundo y otro lugar durante un ratito. Y regresar a casa con una sonrisa en los labios.

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