Publicado en Relato

I have a dream…

Este es el cuento que me gustaría que les contaran a los niños y niñas de la próxima generación.

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Érase una vez un país lejano, que estaba gobernado por una joven pareja. Ambos tenían las mismas obligaciones y los mismos deberes para con su pueblo. Gobernaban con justicia e igualdad y las gentes eran felices.

Un día, la pareja supo que iban a ser padres y se sintieron entusiasmados con el futuro acontecimiento. Todo el mundo le preguntaba qué preferían: si una hermosa niña o un vigoroso niño. Ambos se miraban sonrientes y se preguntaban en la intimidad de su casa por qué todos hacían distinciones entre su futuro hijo cuando ellos, todo lo que querían era que naciera sano y que fuera feliz.

Y así fue como nació una pequeña niña, de sonrosados mofletes y boquita fruncida que enamoró a sus padres de inmediato. La llamaron Mahala, que en un idioma africano quería decir «Libre».

Mahala creció como cualquier niña de su edad. Le gustaba jugar con sus muñecas, claro, pero también disfrutaba jugando al balón junto con sus amigos del colegio o con sus pequeños coches de carreras y soñaba poder conducir uno de verdad cuando fuera mayor. Como también soñaba viajar a un planeta lejano o manejar la pesada grúa que veía cada día en el puerto. Le gustaba subirse a los árboles con sus amigos, leer bajo ellos y, después, jugar a que eran piratas, o gladiadores en la arena del circo. Era muy buena en los estudios, pero sobre todo lo era en ciencias. Le encantaba inventar artefactos que pudieran hacerle más fácil la vida a la gente y todos sus profesores la animaban a ello. Mahala soñaba con que, algún día, pudiera ser inventora, y que sus inventos dieran la vuelta al mundo, pero aún tenía mucho que aprender, así que se esforzó como cualquier otro niño o niña de su clase, sin que importara que ella fuera la hija de los gobernantes de aquel reino.

Y Mahala creció, se hizo una mujer, y le llegó el momento de ir a la universidad. Pudo elegir una carrera sin que nadie le dijera que era o no era adecuada para ella, puesto que todas sus amigas habían podido hacer lo mismo. Y también se enamoró. Lo hizo de un chico que la quería tal y como era, y la respetaba; respetaba sus opiniones y sus acciones y que la alentaba a conseguir sus sueños. Sus padres estuvieron encantados de que Mahala hubiese encontrado a una persona que la hiciera tan feliz.

Cuando le llegó el momento de comenzar a trabajar, Mahala lo hizo en una gran empresa. Y trabajó muy duro, como todos allí, sin distinciones de ningún tipo. Y tanto trabajó que su esfuerzo fue recompensado. Nuevas responsabilidades, nuevas aspiraciones y una mejor remuneración, como todos en aquel lugar, sin importar quién fueras o de dónde vinieras.

Un día, mientras buscaba una documentación en un viejo archivo, en las manos de Mahala cayó un viejo panfleto, arrugado y amarillento. En él leyó una fecha que ella no sabía que significaba. Con el papel en el bolsillo fue hasta su madre y le preguntó:

—Mamá, ¿qué es esto del 8 de Marzo?

Su madre la miró con ternura y sonrió.

—Cuando yo era pequeña era la fecha en que se celebraba el Día de la Mujer.

Mahala la miró extrañada.

—¿Y qué era eso del día de la mujer? No lo entiendo.

Paciente, su madre se sentó a su lado.

—Era el día en que las mujeres reivindicaban su igualdad. Durante mucho, mucho tiempo, las mujeres luchamos porque nos equipararan a los hombres, por tener los mismos salarios, las mismas oportunidades en las empresas…

—Pero ahora tengo esas oportunidades —la interrumpió Mahala—. Y tengo el mismo salario que mis compañeros de departamento. Nadie cobra más que otro si desempeña el mismo trabajo.

La mano de su madre cubrió la suya.

—Por fortuna, el mundo se dio cuenta de que somos iguales, hombres y mujeres y que funcionamos mejor si vamos a la par y no remando cada uno hacia un lado —le dijo su madre—. Las empresas comenzaron a equipararnos y a darnos el salario que nos correspondía por nuestro trabajo, ni más ni menos. Fue entonces cuando el 8 de Marzo dejó de existir, porque ya había conseguido su objetivo. Ahora es una fecha más, pero yo aún recuerdo las reivindicaciones y las protestas. Y estoy agradecida por haber podido ver el cambio.

Mahala miró el papel que aún sostenía.

—Entonces, guardaré este panfleto para recordar que, un día, no tuvimos las mismas oportunidades de las que disfrutamos ahora y, sobre todo, para que eso no vuelva a ocurrir.

Con un beso en la mejilla, Mahala se despidió de su madre y esta, sonriente, agradeció en silencio haber podido ver que ese día había pasado a la historia.

 

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